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¡Salve,
ruinas solitarias, sepulcros sacrosantos, muros silenciosos! ¡Yo
os invoco! ¡a vosotros dirijo mis plegarias! ¡Sí! ¡al
paso que vuestro aspecto rechaza con terror secreto las miradas del vulgo,
mi corazón encuentra al contemplaros, el encanto de los sentimientos
profundos y de las ideas elevadas! ¡Cuántas útiles
lecciones, cuántas reflexiones patéticas o enérgicas
ofrecéis al espíritu que os sabe consultar! ¡Cuando
la tierra entera esclavizada enmudecía delante de los tiranos,
vosotros proclamamabis ya las verdades que detestan; y confundiendo las
reliquias de los reyes con las del último esclavo, atestiguabais
el santo dogma de la IGUALDAD! En vuestro tétrico recinto es donde
yo, amante solitario de la LIBERTAD, he visto aparecer su genio, no tal
como se le representa el vulgo insensato, armado de antorchas y puñales,
sino con el aspecto augusto de la justicia, teniendo en sus manos la balanza
sagrada en que se pesan las acciones de los mortales en las puertas de
la eternidad.
¡Oh tumbas! ¡cuántas virtudes poseéis! ¡vosotras,
epantáis a los tiranos; vosotras, emponzañáis con
un terror oculto sus placeres impíos; ellos huyen de vuestro aspecto
incorruptible, y cobardes, alejan de vosotras el orgullo de sus palacios!
Vosotras castigáis al opresor poderoso; arrebatáis el oro
al miserable avaro y vengáis al débil despojado por su rapacidad;
vosotras recompensáis las privaciones del poibre, llenando de zozobras
el fausto del rico; vosotras consoláis al desdichado ofreciéndole
el último asilo; vosotras en fin, dais al alma aquel justo equilibrio
de fuerza y sensibilidad que constituye la sabiduría y la ciencia
de la vida. Al considerar que es preciso restituíroslo todo, el
hombre reflexivo evita sobrecargarse de vanas ostentaciones y de inútiles
riquezas; contiene su corazón en los límites de la equidad;
y como es preciso que llene su destino, emplea los instantes de su vida,
y usa de los bienes que se le han concedido. De este modo, ¡oh tumbas
respetadas! Ponéis un freno saludable sobre la vehemencia impetuosa
de los apetitos. Vosotras calmáis el ardor febril de los placeres
que perturban los sentidos, haceéis descansar el alma de la lucha
fatigosa de las pasiones sobreponiéndola a los viles intereses
que atormentan a la multitud; y puesto sobre vosotras, y abracando la
escena de los pueblos y de los tiempos, no se despliega el espíritu
sino a grandes afectos, y no concibe más que ideas sólidas
de gloria y de virtud. ¡Ah! Cuando el sueño de la vida se
termine, ¿de qué habrán servido sus agitaciones,
si no dejan vestigios de alguna utilidad?
¡Oh ruinas! ¡volveré a visitaros para tomar vuestras
lecciones; me colocaré en la paz de vuestras soledades; y allí,
alejado del espectáculo penoso de las pasiones, amaré a
los hombres por mis gratas memorias; me ocuparé en su felicidad,
y la mía consistirá en la idea de habérsela anticipado!
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